Diplomacia. El plan para la devastación de París

diplomacia-1París en la noche del 24 al 25 de agosto de 1944, las tropas aliadas se sitúan a las afueras de París y se preparan para iniciar la entrada en la ciudad con la esperanza de rescatarla de la ocupación alemana. En el caso de que esto sucediera Adolf Hitler ha preparado un “escenario final”: de la  capital francesa únicamente deben quedar ruinas y cenizas, mientras la “belleza” y “solemnidad superior” de Berlín continuara siendo objeto de los bombardeos y ataques aéreos por parte de los aliados.

El general de infantería Dietrich von Choltitz, a cargo de la comandancia de París, se prepara para cumplir las órdenes de Hitler en su cuartel general, en el hotel Meurice, uno de los más antiguos y lujosos de la capital francesa. Para la destrucción de París se prevé que las tropas alemanas preparen y planeen hasta el último detalle la distribución de los explosivos por toda la ciudad, así como los primeros puntos estratégicos que salten por los aires.

La destrucción de los puentes, la catedral de Notre Dame, el Louvre, el edificio de la ópera y las estaciones de ferrocarril provocarían el colapso total de la ciudad. Después se les unirían la torre Eiffel, el Arco del Triunfo y la Place de la Concorde. Todo planeado con una duración de no más de veinte minutos. Asumiendo explícitamente un coste de vidas humanas de aproximadamente un millón y medio.

La operación se planificará escrupulosamente (y sin escrúpulos) pero por suerte nunca llegaría a tener lugar. ¿Fue gracias a las artes diplomáticas que desplegó Raoul Nordling, el cónsul general de Suecia en París? En este punto los hechos históricos se oscurecen. Lo que es seguro es que algunos encuentros tuvieron lugar entre Nordling y von Choltitz, siendo este un escenario suficientemente dramático para la realización de una adaptación fílmica de teatro de cámara —una forma de la que Schlöndorff no había hecho uso hasta ahora—.

La cuestión que acompañe toda la narración del drama será: ¿cómo persuadirá Nordling al general para que renuncie a la destrucción final de París? Esta es la historia que nos mostrará  Völker Schlöndorff en menos de noventa minutos.

Schlöndorff se ha vinculado desde su juventud íntimamente a la cultura francesa, viviendo muchos años en Francia y afrontado en varios de sus trabajos anteriores el tema de la Segunda Guerra Mundial. Películas tan recordadas como El ogro (1996), El noveno día (1994), El tambor de hojalata (1978), galardonada esta última con un Oscar, o La Mer à l’aube (2011) ya trataban bajo diferentes aspectos el motivo de la Alemania nazi, del destino y de la responsabilidad de vidas singulares, y de la tensión tan particular existente entre Francia y Alemania.

Una de sus últimas películas, La Mer à l’aube, pasó de largo por España, pero cosechó numerosos éxitos por su calidad en la puesta en escena. Pudimos entrevistar a Schlöndorff cuando presentaba esta película y ya entonces nos comentaba que sentía haber cerrado con La Mer à l’aube  un capítulo de su propio envolvimiento y confrontación con el pasado histórico alemán y que se sentía atraído por otros proyectos que no tuvieran que ver con esa carga histórica.

Sin embargo, algún resto quedaría, ya que a pesar de ello, sintió la necesidad de dirigir Diplomacia.

No obstante, Diplomacia tiene un carácter diferente a sus películas anteriores. “Yo quería aprovechar la oportunidad de hacer un homenaje a París”, nos contaba el propio Schlöndorff  en la última entrevista que tuvimos con él durante la pasada Berlinale. Este carácter de homenaje se plasma a lo largo de toda la película. Un homenaje a París pero un homenaje también a los actores y en general, a los trabajadores franceses del oficio de hacer cine.

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Desde los diecisiete años he explorado cada esquina de la ciudad, conozco cada puente de la ciudad por pequeño que sea y cada edificio. Pienso que durante mis largos años de trabajo como asistente de dirección de Louis Malle y Jean-Pierre Melville ¡he dado más vueltas por los alrededores de París que cualquier taxista! Amo París y la posibilidad de apreciar y valorar medio siglo después la persistencia y el perdurar de esta ciudad es un verdadero regalo para mí”, nos comentaba Schlöndorff.

El guión de Diplomacia lo escribió Schlöndorff  junto a Cyril Gély, autor de la obra original teatral —y en la cual se basa la trama principal— interpretada por los mismos protagonistas que su película: André Dussolier, conocido por muchas de las producciones de Alain Resnais, interpreta al cónsul Nordling, y Niels Arestrup, actor con larga formación teatral y cinematográfica, interpreta al general von Choltitz. Ambos son actores emblemáticos dentro de la escena francesa.

Diplomacia está rodada en su mayoría en francés y los primeros minutos atrapan por completo al espectador. La película se inicia bajo las notas  del  segundo movimiento de la 7ª sinfonía de Beethoven: Una melodía usada hasta la saciedad en los Wochenschauen (noticieros y documentales alemanes), y que glorificaba las fuerzas militares nazis. Esta melodía pertenecía también al programa de Conciertos de noche emitido por la radio alemana para todas sus emisoras aliadas, incluida París, la noche del 24 de Agosto de 1944.

Una voz en off nos va introduciendo las imágenes de archivo de una Varsovia completamente arrasada. Entre esas imágenes de extinción se interponen las imágenes de la figura de un hombre con sombrero, caminando solitariamente por las calles de París esa misma noche. La niebla y la oscuridad nos impiden reconocer a la persona con claridad, evocando en cierta manera la escena final de Casablanca (1942) pero filmada de manera inversa.

La figura con sombrero se va acercando a la cámara, en vez de perderse en la niebla y oscuridad de la ciudad como al final de Casablanca. Schlöndorff  parece que quisiera aquí retomar de alguna manera en su película la frase final con la que Claude Rains concluye la película de Michael Curtiz. Intuimos a la figura  introducirse en las habitaciones del general por medio de un pasadizo secreto, con ello Schlöndorff deja espacio para un comienzo de amistad entre dos hombres, dos adversarios que entablan un enfrentamiento verbal. Un duelo en donde se mezclan diversos elementos como el deber, el convencimiento, el temor, el engaño y la persuasión.

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La puesta en escena, la iluminación, el decorado y la planificación de la cámara están realizados con un fuerte sentimiento cinematográfico que nada tiene que ver con un simple teatro de cámara filmado. La iluminación es por momentos difusa y de gran contraste. Los cortes de luz eléctrica causados por los bombardeos son adaptados en la escena para crear un ambiente cerrado cuya única apertura son las vistas que se divisan desde el balcón de la estancia del general. Unas vistas que nos hacen contemplar y admirar la belleza de París en aquella noche tan trágica.

La luz de la madrugada y las velas evocan un entorno especial en el drama. El contraluz llega incluso a formar parte narrativa de los sucesos, pues a pesar de las advertencias del cabo Mayer, el general permanecerá a menudo en contraluz frente al balcón, siendo blanco potencial del fuego enemigo. Sin embargo, no parece importarle, seguirá contemplando la belleza de París, a pesar de poner en riesgo su vida. Un gesto pequeño, casi inadvertido que revela desde un principio la dualidad y ambigüedad del personaje.

El decorado de las lujosas estancias del general con ese tabique falso por donde aparecerá misteriosamente Nordling, los muebles y puertas tapizadas, la escalera secreta, el espejo translucido, todo ello es producto de la fantasía de un realizador que sabe servirse bien del atrezzo para apoyar el drama: “Esta puesta en escena que en parte recuerda al teatro de bulevar me gustaba, así como el humor que hay en los diálogos. Este encuentro oculto imprime expresión a la ficción. Nosotros no teníamos la pretensión de transmitir una autenticidad que se mantuviera fiel a la verdad histórica“, comentaría Schlöndorff en las notas para prensa. Precisamente esto último fue mal acogido por algunos críticos alemanes.

Sin embargo, aunque ese encuentro entre Nordling y von Choltitz nunca hubiera tenido lugar tal y como lo imagina Schlöndorff, lo que si nos llega como espectadores es la tensión entre dos historias, dos pasados y dos espacios planificados pulcramente por la cámara y la fotografía de Michel Amathieu, usando planos-contraplanos, suaves movimientos de cámara y la profundidad de campo, en donde el balcón con las vistas a la bella ciudad de París surja siempre como punto de fuga y huida de los personajes.

Escribe Laura Bondía (publicado en Encadenados, La revista de cine)

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~ por elmiradornews en 24 enero, 2016.

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